¡A trabajar!

¡A trabajar!

 

San Josemaría Escrivá durante una visita a Fátima

Durante muchos siglos en la historia de la Iglesia nadie se planteó de forma seria hasta dónde alcanzaba la plenitud de la santidad. Incluso podríamos decir que la comprensión de esta categoría responde a un verdadero desarrollo con el tiempo y la madurez de la fe. Por ejemplo, es bien sabido que en los primeros siglos la comunidad cristiana asumió, dentro de un ambiente de persecución constante y ubicua, que la santidad, siendo la plenitud de la vida del cristiano, la máxima identificación con su Señor, era la gracia reservada a los mártires, aquellos que, igual que Cristo, dieron su vida en testimonio de la verdad. Imitando la muerte de Cristo, el misterio salvador de la cruz, se habían convertido de verdad en otros cristos, individuos incorporados plenamente a la vida de Dios. Esos eran los santos. Y la persecución duró casi tres siglos, así que dio para muchos mártires, los incontables que dieron su vida por Cristo en la primera hora de la Iglesia.

Cuando las persecuciones en masa cesaron, la Iglesia bien comprendió que el martirio no podía ser el único camino para identificarse con el Señor, pero estaba claro que los cristianos, cuyo fin es la vida bienaventurada y eterna en comunión con Dios y todos los santos, está llamado a imitar al Señor en su muerte. Ese es el camino, la muerte y después la resurrección. Así que, sin esperar a que vinieran violentos perseguidores a acabar con sus vidas, muchos cristianos empezaron a poner fin a su vida en el mundo, retirándose a una vida entregada enteramente a Dios. Era algo así como una primera muerte para el mundo, identificada con la muerte de Cristo, una entrega total de la vida en favor del amor del Señor, para ocuparse solo de él. Con ese espíritu nació la vida religiosa, primero con san Benito y luego con otros muchos que siguieron su espíritu, refinándolo cada vez más en uno u otro carácter.

Y con el paso de los siglos, la propia historia de los hombres iba haciendo fluir a la misma historia de la Iglesia. Con los años, los religiosos crecían en la Iglesia, hasta el momento en que fueron prácticamente los encargados de conservar el ministerio apostólico y el depósito de la fe. Sin embargo, con la sofisticación de las comunicaciones, de las estructuras políticas y sociales y con la vertiginosa expansión de la cristiandad, el clero secular, la jerarquía de la Iglesia, fue tomando poco a poco la parte de este ministerio que le correspondía. Muchos santos de aquellos años de la Contrarreforma fueron grandes sacerdotes y religiosos de una virtud más que probada y una santidad deslumbrante.

Con todo este correr de los años, una cosa ha ido quedando clara para el pueblo cristiano. A la vista de los modelos de santidad que han ido floreciendo durante casi dos mil años y las formas y estados de vida que la propia Iglesia ha ido promocionando en sus leyes y en sus carismas, parecía más que asumido que la santidad es algo que está fuera del alcance del mundo. El mundo debe ser abandonado, hay que morir para encontrar la vida, dejar todo lo mundano, las ocupaciones ordinarias y prosaicas, lo profano, para acceder a la identificación con aquel que nos llama a esa misma santidad. Y esta conclusión es peligrosa, porque podría parecer que, al final, en la gran familia de la Iglesia, que es el mismo Cuerpo de Cristo, hay algunos predilectos de su amor, escogidos por su vocación a una auténtica amistad con Jesús que, según se sigue, no es para todos.

El 2 de octubre de 1928 un joven sacerdote aragonés que se encontraba en un retiro espiritual recibió una profunda luz de Dios. En un instante, se le concedió ver a una muchedumbre, de todas las razas, lenguas y pueblos del mundo, ocupados en sus quehaceres del mundo. Estudiantes, obreros de fábrica, profesores universitarios, médicos, jardineros, arquitectos, artistas, políticos, ingenieros, padres y madres de familia, jóvenes, ancianos. Todo lo que podamos imaginar, y algo muy claro entre todos ellos: todos estaban llamados a la misma santidad. Desde entonces, san Josemaría Escrivá dedicó toda su vida a responder a esta luz tan esplendorosa del Señor, una obra que Dios le escogió para llevar a cabo, la Obra de Dios, «Opus Dei». Se trata de un espíritu concreto que, de una vez por todas en la historia de la Iglesia, consagra el trabajo del mundo y las ocupaciones de la vida ordinaria como un verdadero camino de santidad, no más excelso ni más bajo, sino de la misma manera en que lo son el martirio, la consagración, el ministerio sagrado y tantos otros estados de vida que Dios ha querido para los hombres.

El valor de la clarividencia de san Josemaría en las inspiraciones de Dios y del espíritu del Opus Dei es incalculable para nuestro tiempo. Si bien es cierto que grandes santos ya habían reconocido la llamada universal a la santidad, que se entiende de una auténtica lectura del Evangelio, como san Francisco de Sales en su Introducción a la Vida Devota, el llegado de san Josemaría y todos sus hijos se ha derramado por todo el mundo, cumpliendo con aquella primera visión clara que Dios le concedió y enriqueciendo a la Iglesia con la eterna novedad del Evangelio. De hecho, poco más tarde, el mismo Concilio Vaticano II consagraría esta doctrina con gran firmeza, que todos, seamos de cualesquiera estados de vida cristiana, estamos llamado a la santidad, a la identificación con la vida y persona de Jesucristo.

Finalmente, para cualquiera de nosotros, puede haber aquí un par de ideas de labor. En primer lugar, no hay que despreciar nada, todos los caminos son aprovechados por Dios. Siempre que una realidad de este mundo sea honrada y alejada del pecado, puede ser firme sendero de santificación. En segundo lugar, que el trabajo no es carga sino cruz, y no en el sentido que la ve el mundo, sino como sabemos nosotros, como signo definitivo de salvación. El trabajo ha de ser santificado -bien hecho, ofrecido a Dios por amor a él y a nuestros hermanos-, y ha de santificarnos, como lugar verdadero de encuentro con Cristo. Lo dijo ya, con otra gran intuición, santa Teresa de Jesús: “donde hay amor, no se puede estar sin trabajar”. Así que, sin importar quién seas, dónde estés, adónde vayas o de dónde vengas, Cristo te espera en los lugares donde menos esperabas encontrarlo. Pon en ellos todo el corazón y así saldrás a su encuentro; él obrará el milagro de tu santificación. Rema mar adentro, echa las redes. ¡A trabajar!


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